sábado, 29 de enero de 2011

Entrevías


La mayoría de la gente se agolpa en el andén.Nadie quiere perder ese vagón por nada del mundo.El color verde esperanza destaca sobre la superficie del acero del que está hecho el artefacto.Hay cinco personas adultas, narrándole sin parar a un anciano lo que son capaces de percibir,y una niña pequeña corrigiéndolos constantemente,pero nadie la hace caso.

Leyendo el periódico, observo con detenimiento a esa familia.Tienen algo especial. Observan con atención el cartel del tren,ese que informa sobre el destino al que ha de llevar a los pasajeros.Un hombre atractivo,elegante,no deja de mirar al anciano.Su mirada es penetrante,va cargada de niebla,esa que recorre tus huesos a pesar de que lleves ropa,esa que te empuja a perderte el día bajo las sábanas de tu cama,en soledad...

Se acerca a él y le susurra algo al oído.Su malévola sonrisa deja entrever que no augura nada bueno.Lentamente se sienta a mi lado,sin mirarme,y simplemente comenta: "No cogerá ese tren". Observo cómo los adultos cogen a su padre,y atendiendo a lo que este les susurra, proceden a sacarle del andén.

Y entonces...la linda niña,con unos ojos inocentes capaces de enternecer al mismísimo demonio,pero con la autoridad suficiente como para intimidar a Dios, sólo le sonríe. La curva discreta que es su sonrisa conjunta perfectamente con la palidez de su cara.El anciano se gira,la coge de la mano, y juntos,suben al tren...

Hay veces en las que los sentidos sólo obedecen al miedo,que sí lo pueden percibir.Pero sólo nuestro interior,inocente,es capaz de subirse al futuro sin hacernos dudar.

1 comentario:

Tristán dijo...

Cuántas veces el miedo nos hace retroceder... nos deja tirados, abandonados en la estación de tu historia, mirando a la lejanía...

Pero he aprendido algo con tu entrada: quiero aprender a subirme a ese tren.

Recuerdos desde mi Buhardilla.